Llegamos a D. F. apaleados, como si nos hubieran cagado a piñas. Esto de viajar en el tiempo es agotador. Los primeros dos días nos la pasamos durmiendo, cansados y con dolor de cabeza intenso, síntomas que atribuimos a la altura y al jet lag, ya que comprobamos que su existencia no es un mito. De hecho, tras una intensa investigación, descubrimos que hicimos todo mal: viajamos hacia el este, cruzamos demasiados husos horarios a la vez, no practicamos ejercicio, no seguimos una rutina y ni hablar de la dieta saludable. Pero enseguida nos levantó el volver a hablar español con extraños (aunque nos siguieran confundiendo con gringos), los colores, la música, el acento mexicano y, por supuesto, la comida y el picante. Qué rica es la comida, tanto que ya no interesa que la descripción de los platos sea, la mayor parte del tiempo y básicamente, tortillas con algo (tacos, quesadillas, gringas, etc. con queso, pastor, arrachera, verduras etc.) en diferentes formas y con distintos nombres. Y, ante la duda, uno debe asumir que todo es picante: comida, postres, golosinas y hasta las frutas, que vienen con un polvito para ocasionar picor.